28 marzo 2011

Una página donde trazar tu vida


“Soñar, es asfaltar los trozos de nuestro camino que aún siguen siendo de tierra”

Crujía a sus pies a la vez que se levantaba una nube de polvo del mismo color que el cielo; del mismo gris intenso que delineaban sus ojos. La alfombra de escombros, que manchaba sus maltrechas botas, tejía una red de casas semiderruidas, atrapadas por una niebla que parecía que estuviese encadenada a aquel lugar. Las calles empedradas, conducían hasta la cima del pequeño valle, sumergido en el vaho que espiraba un bosque sombrío que lo envolvía todo y que parecía observarlo.

Olía a humedad, el viento hacía chasquear a las ramas muertas y de la Luna no había ni rastro, ya que empezaba a anochecer y las sombras querían abrazarlo… la única luz de un farolillo de aceite, tenue por la escarcha, lo incitaba a subir a la mansión dotada de una atalaya. La casa, levantada en piedra revestida de años y moho, estaba provista de un torreón arcano a la vez que extrañamente llamativo, el único en buen estado. Éste parecía no perder de vista la totalidad del valle, siendo el único pico que sobresalía de la penumbra.

Sólo esperaba que estuviese allí, donde quedaron, y que su juego no terminara jamás.

Evitando resbalarse entre escombros y el suelo mojado, se sentó en un tronco caído que partía a una inclinada callejuela en dos. Mientras se secaba las piernas del fino manto de ese rocío constante que compartían la noche y las sombras, por un momento, notó cómo el aroma a tierra mojada se entremezclaba con el de su perfume.

–Ya que no subías tú, he bajado yo a buscarte, –susurró la delicada voz que tantas noches le había robado el sueño.

Con una sonrisa cómplice, el chico se dio la vuelta; con la respiración acelerada, ambos rozaron sus pómulos. Un gesto mucho más que tentador le sirvió para que él bebiese del negro del carmín que cubría sus labios; ahora ya no concebía más noche que su boca.

Los cuentos de miedo, oscuridad y pecado de la vecina Transilvania habían llegado hasta sus oídos hacía no mucho. Las historias góticas y de foránea sensualidad eran un tema tabú para toda Polonia. Excepto para ambos. Su juego sólo lo conocían ellos y aquel sombrío torreón al que se dirigían entre carreras, risas y niebla.

Una gran puerta empapada a la par que oxidada, daba la bienvenida a los jóvenes con un agudo chirrido. El calor y la luz que invadía la estancia entre velones y candelabros se sumó al ardor de su sangre, que fluía más rápido que su imaginación. La joven cogió una antorcha tendida de la pared y la acercó a la mano de él: –¿sientes el fuego, su calor, su magia? …pues no es nada comparado con lo que arde dentro de mí y que tú provocas…

La joven soltó la antorcha, y mientras ésta se consumía por un solo lado, se quitó la ropa sin dejar de mirarlo a los ojos. –Siéntelo, –le susurró en el oído mientras inclinaba la cabeza de forma sutil.

Sus ojos, pintados de negro, brillaban más que la lamparilla de aceite que reflejaba la ausencia de barreras entre su piel y la del joven. No importaba dónde, ni cómo, ni cuánto… sólo importaba que el uno fuese el otro, que sintiesen la misma pasión que bailaba entre la sensualidad y el pecado, entre el placer y el dolor. Su alma se partía en mil pedazos y ella la reconstruía con un millón de besos engarzándolos en uno. Los gemidos de ambos eran la prolongación de su ser, del infierno que habían inventado para amarse como en los cuentos; infierno que les sabía a paraíso. La boca de él recorría cada parte de su cuerpo, lo mordía, lo besaba… tal y como había leído en aquellas novelas góticas. Ella después hacía lo mismo, fundiéndose al compás de su extasiado palpitar. Era inimaginable sentir tanto, percibir que en la habitación de aquella atalaya ellos reconstruían un sueño vivo, dejaban de estar cercados por las rejas de sus costumbres y mudaban de libertad a sus almas; que hacían de esa estancia el día soleado que jamás contemplaron en aquel nebuloso valle.

Un estruendo espantoso en las cercanías les interrumpió, asustándolos, era como si el cielo se estuviese viniendo encima muy cerca de allí.

– ¡Sabes que no deberíamos quedarnos más tiempo! ¡Vámonos! Mi familia me ha advertido de que hoy, primero de septiembre, podría haber un ataque aéreo de esos mal nacid…

– ¡Chsss…! –le interrumpió la joven, mientras acariciaba su cuerpo desnudo con una pasividad sorprendente–. ¿Sabes?, me he dado cuenta de que estamos hechos de lo que nunca fuimos. Experimentamos cosas que jamás sucedieron; recortamos los bordes del folio de nuestra realidad hasta que logramos la silueta que deseamos ver… –El timbre de la voz de la joven se volvió más duro.

– Lo sé, –respondió él pensativo– y ello nos ha mantenido vivos, conservando la llama de nuestro amor más allá de todas estas torturas, de todos estos trabajos forzados, de la irracionalidad, del odio y de la ignorancia de quienes nos trajeron, hace ya tres semanas, a este lugar tan repulsivo.

Un pelotón de soldados les obligaba a avanzar hacia unas duchas que habían sido construidas el día anterior. La joven, con la cabellera afeitada y la cara escuálida, igual que la de él, apretó fuerte su mano y se miraron, reparando en que sus miradas eran lo único que seguía con vida en aquellos cuerpos desnutridos. Mientras la demás gente sollozaba y pedía por Dios que los sacaran de ese cuarto repleto de extraños aspersores, ambos se sonrieron y se besaron sin dejar de oprimir fuerte sus manos. Antes de que el ruido de unos motores que yacían encima de la estancia anunciasen la inminente salida de un espeso humo, la joven le susurró, por última vez, algo que le hizo llorar:

–Todo, absolutamente todo lo imaginado hasta hoy, le ha dado la silueta que siempre había soñado a la página de mi vida: tú.

21 marzo 2011

Recarga tu existencia


“La vida es tan amplia que desborda el arca de la razón”

Abre los ojos: eres casi en tu totalidad agua y un adarme de electricidad, una batería con alrededor de un siglo de vida. Te alimentas de otros seres vivos que como tú están compuestos de “lluvia y energía”, pero esquivas pensar en ello porque NO hay tiempo, porque ¡la pila se gasta a cada minuto que pasa! Nos bañamos en lagos de fe y creencias que nos otorgan el don de calibrar que cuando la chispa que nos da vida se agote seguirá fluyendo en otro lugar, (lugar que nadie ha visto ni ha estado para describirlo). Dependes de la luz del sol, del oxígeno que estás inhalando ipso facto, del agua que bebes, de la gravedad que te mantiene ahí, en la silla; los 36,5º que te proporciona la estructura que mantiene activo tu cuerpo hace que te sientas bien, como embelesado por algo que no sabrías explicar del todo... y es que después de 200.000 años de fabricación y perfeccionamiento del mecanismo, seguimos siendo interrogantes caminando sobre más interrogantes.

El mayor y más temible cazador de la tierra, enfrentado a la fragilidad de una espiga de trigo. El ser humano contra el ser humano. La inteligencia, la conciencia, la solidaridad, la cultura y las ideologías convencidas en hacer daño arrastran a la inteligencia, la conciencia, la solidaridad, la cultura y las ideologías inclinadas a funcionar de forma positiva; así hasta que la “viceversa” se desgasta en un remolino infinito. El humano, la persona, tú o yo; estamos dotados con algo extraordinario, el poder de la Objetividad y de la Subjetividad. Ambas concesiones, desde el inicio, son transformadas y entendidas como un motivo de sangre. La una conquista a la otra, el uno pisa al otro… Hasta que llega la venganza y otra vez empieza el párrafo, cambiando que el que antes pisó ahora es pisado; soslayando y perpetuando que el pie con el que pisas, al igual que con el que fuiste pisado, tiene cinco dedos.

Pero la electricidad vital con la que estás recargado y que te mantiene no es para siempre y hay que aprovecharla. Desperdicia algo de ella y entonces sabrás lo que es odio, ira y sed de venganza…

Y ese es el bucle de lo que tú llamas vida.

Corre, abre la ventana, estés donde estés; prueba a respirar la brisa que recorre cada parte de este mundo, cada rincón escrutado. Toma aire, abre bien los ojos y saborea este momento. Pero no lo olvides: tu batería está funcionando a pleno rendimiento.

20 marzo 2011

Luz de Luna


“Luz de Luna” es un relato que ya publiqué hace un tiempo en otro blog pero que he decidido recopilarlo en Talismán de Barro. Espero que quien ya lo haya leído, si le gustó, que lo vuelva a disfrutar; y quien no, que sea de su agrado...

"Mi premio es vuestra sonrisa"


Se escucha con brevedad, es seco y efímero, el retumbar hace que la presión de su dedo parezca un cañón con retroceso; era el sonido de las teclas de su ordenador...

La gente le gritaba que era único, con un oído único; nadie oía tan fino como él.

Los motores de los coches parecían excavadoras entrando por su ventana cerrada, sus vecinos propiciaban golpes atroces en las paredes de su casa, su familia le chillaba al oído desde el salón que saliese de una vez de su cuarto, que llevaba días sin comer nada. Los aviones que sobrevolaban su hogar parecía que iban a colisionar en su terraza; y sus lágrimas al caer resonaban como campanas...

Su tez empezó a empalidecer, estaba cada vez peor; decidió encerrarse con llave en su habitación para no volver a salir jamás... Lo que más le dolía era que ni siquiera podía andar, moverse bruscamente, estornudar o bostezar... pues ello le asemejaba un estruendo horroroso e inaguantable. Llegó hasta tal punto, que incluso pestañear significaban dos truenos abriéndose paso entre una tormenta interminable, tormenta que se recostó dentro de él, volviéndolo loco.

Tomó la decisión de quedarse absolutamente quieto.

Pasó un tiempo hasta que su familia decidió abrir su puerta a la fuerza, su sorpresa se hizo latente al observar que allí no había nadie. De él sólo quedó una última frase en su ordenador:

“Jamás escuché un susurro, es tan bello...

La noche me trasladó en forma de eco un secreto, y una luz iluminó mi cuerpo, luz de almas y de vida, luz mestiza entre el atardecer y el alba… Un pacto, un sueño, ser el testimonio del silencio; a cambio yo, iluminaré la oscuridad de la noche, para la eternidad”

14 marzo 2011

Tiempo Estrellado


Aquel relámpago desplegándose sobre la tormenta sólo venía a ser un escalofrío más en la espalda de un afligido, un chico que se creía normal… La vida le había propiciado un buen regalo: buena familia, inmejorables amigos, los estudios de sus sueños y una novia estupenda. Pero él se sentía extraño, notaba que le faltaba algo; no era suficiente…

Tiempo atrás conoció a una joven que removió, con una sola mirada, con una sola gota de su alegría, el tranquilo océano de la vida del chico. Una gota bastó para que las sosegadas aguas de la parte más emotiva de su corazón destrozasen con una bravura jamás sentida cualquier muro de cordura, cualquier puerto de razón…

Sólo hubo una chispa entre aquellos dos muchachos en aquel tiempo pasado, un instante en que dos estrellas chocaron, momento que les supo a una vida… pero que poco a poco el tiempo fue oxidando.

Los años pasaban, la vida continuaba y todo aquello sólo fue un recuerdo; hasta que él se dio cuenta de algo… Algo necesario para seguir viviendo.

Sucedió una noche estrellada. Éste se encontraba en la terraza de su casa, un día en el que el fulgor de las estrellas era tan intenso como el calor que lo envolvía todo. El joven miró su reloj, en él se reflejaban todas las luces celestes sobre un fondo oscuro… y en ese preciso instante, le vino a la mente el aroma de su piel, el dulce sabor de sus labios, la efímera sensación de volar… y se percató, sin quitar la mirada de la esfera de cristal de su reloj, de que las agujas se habían parado.

Atónito, comenzó a dar golpecitos sobre el pequeño reloj intentando que el mecanismo volviese a funcionar, hasta que su voz le sorprendió...

Era ella. Entre luces del cielo se presentó con su sonrisa hecha del mismo material que las estrellas, y con un gesto sutil le indicó que se acercase… -¿Te acuerdas de lo que es amor?, ¿sabrías explicarme qué es pasión si yo no hubiese entrado nunca en tu vida? – dijo emocionada.

-Y tú, ¿sabrías decírmelo? – le contestó él.

-Tu reloj no se ha parado porque sí, lo ha parado el amor. La fuerza que aún nos une ha hecho que este momento sea sólo para los dos; es una prolongación de aquella noche, una tregua entre la razón y lo correcto para dar paso a la pasión y a la ternura… ¿Vienes conmigo? – Le susurró la chica mientras le resbalaba una lágrima por el rostro.

El joven asintió.

Llenaron la habitación de abajo con velas de todos los colores, y entre miradas cómplices, el óxido del deseo que ambos sentían fue deshaciéndose al tiempo que las llamas se iban apoderando de la cera… dando lugar a que el ardor de sus corazones latiesen el uno encima del otro, sin barreras, sin ropa… Entre la noche ascendían los rayos de la Luna, desvelando un secreto de amor a las estrellas… Con los ojos cerrados sólo veían por su corazón, sentían como se rozaban sus labios, y como éstos daban paso a un beso más intenso cuyo principio era un escalofrío y el final infinito… Las manos del joven sentían la suavidad de la fina arena de playa al deslizarlas por sus perfectas piernas, el calor se abría paso entre sus muslos confundiendo susurros de pasión con el sonido de la noche que los cercaba, sus caderas reflejaban la luz de alguna estrella fugaz; mientras, éstas seguían contemplando en secreto cómo entre pequeños gemidos y gotas de sudor se avivaban el cariño, la pasión, la ternura y la verdad en forma de amor sin final.

Aquello duraría lo que persistiese el brillo de la noche…

Su olfato percibió el dulce perfume de su piel, pero cuando intentó abrazarla, sus manos se toparon con un colchón empapado en sudor y lágrimas. Al tiempo que abría los ojos, la abrasadora luz del día le hizo entender que todo fue sólo un sueño…

Se recostó en sus brazos y entre lágrimas se repetía sin cesar que no podía ser… Fue entonces cuando de refilón, se dio cuenta de que con su propio aliento el reloj se había llenado de vaho, y en éste, había escrito un mensaje muy corto, pero que le cambiaría la vida:

“Te quiero”

Con una leve sonrisa y los ojos lagrimosos se recostó en el alféizar de su ventana, no había sido obra de su imaginación… Sin dejar de sonreír, levantó al vuelo un susurro que al tiempo que lo pronunciaba hizo que vibrase cada parte de su cuerpo:

-“Te amo. Siempre lo he hecho”

Pasaron unos días en los que el joven tuvo mucho sueño, a su juicio durmió durante semanas... Al levantarse, se notó más lento, cansado… En el largo pasillo de su casa, junto a la puerta del aseo, reposaba un gran espejo colgado de la pared; su sorpresa no pudo ser más grande al verse reflejado en él: al otro lado del espejo había un señor mayor, arrugado, de unos setenta años…

Había pasado toda una vida sin que aquel hombre se diese cuenta…

Jamás volvió a ser el mismo. Y aunque siguió su vida y continuó creyendo ser el que era antes de todo lo ocurrido, nunca dejó de mirar instintivamente aquel reloj… deseando que las agujas se parasen de nuevo, y convencido de que el amor verdadero es lo único que puede vencer al tiempo.

12 marzo 2011

Talismán de Barro


Deambular por calles imaginadas, respirar viento perfumado; tierra mojada… Echar raíces en arena de playa, soñar que duermo despierto; fingiendo que duermo. Estrechar el vínculo con la brisa y volar, y teñir de celeste una nube para que así sea cielo… sin saber qué estoy haciendo, porque estoy soñando; estoy despierto.

Los ojos cerrados, efímero reflejo involuntario que transporta del paraíso su eco a través de un pestañeo, del roce del silencio, de los labios de lo odiado y del anhelo.

Aquel niño de 7 años, dormía más de lo recomendado a su edad, lloraba cuando lo despertaban, lloraba porque interrumpían su aliento irreal, el propósito aislado de la verdad de su ser. Ello lo salvaba de ser uno más; amparando, del mismo modo, su juicio del mundo material.

El tiempo pasaba, pero él seguía igual de niño, auspiciando que su familia lo despreciaría tarde o temprano. Ser diferente por no percibir el calor de un rayo de sol, sino el estruendo de una estrella fugaz que huye de la eclipsada luna después de robarle un pedacito de su luz, y que finalmente tropieza en su piel; ser discorde con ellos porque no siente dolor, ni hambre, ni sed… sólo miedo de ver, de sentir, de poseer más que la nada, pues para él era su todo. Ser distinto por sonreír siempre que cerraba los ojos, siempre que dormía, cuando soñaba y ardía la eternidad sin pasar el tiempo, cuando miles de vidas abarrotaban un espacio vacío entre sus pupilas y sus párpados. Allí, donde se resguardaba su alma adulada por unas pestañas ya rotas de tanto delirar, confundiendo su realidad.

La adolescencia, la juventud y su edad adulta la pasó en un centro psiquiátrico, entre paredes blancas y visión borrosa debido a los fármacos tan fuertes que fluían por su sangre. Su familia lo arrojó a las puertas de aquel hospital al cumplir la mayoría de edad cual bolsa de basura al contenedor, sin mirar atrás.

Quién iba a pensar que fueron los mejores años de su vida… Siempre estaba durmiendo; y lo mejor es que dejaban que lo hiciese tanto como quisiera, sin molestarle.

Al cumplir 79 años, un grave tumor hizo que los médicos del centro, en acuerdo con la dirección, le diesen un único día de libertad. Donde él quisiera ir, ellos le llevarían. Como un último deseo antes de sucumbir ante su avanzada enfermedad.

Aquel viejo, que sin arruga alguna desafiaba a la ciencia, (ellos pensaban que era una rara enfermedad sin documentar) determinó que deseaba ir a pasar su día en una playa. Y así fue.

Sin camisa de fuerza y con los psiquiatras al lado del coche, observándolo desde la arena, el anciano retomaba unos pasos olvidados hacia una luz solar envolvente que le asemejaba un tornado de fuegos artificiales sobre un espejo de cristal en movimiento. La tez de su cara, empapada en lágrimas y emitiendo sollozos de alegría, notó que las olas que rompían contra las rocas le gritaban que se aproximase salpicando de susurros sus sentidos. Sus piernas, parecía que volvían a adquirir una vitalidad inhóspita… con los ojos cerrados y sin poder evitar algún traspié, corrió hasta lo más alto del espigón.

La reacción de los médicos pareció lenta a caso hecho, veían en todo momento que iba hacia aquella dirección… y no detuvieron sus pasos.

El frío estrechaba sus vértebras oxidando su sangre, retornando vapor las gotas que caían de sus ojos; arropando la gélida espuma del mar con una sábana de intenso color rojo. Las capas de agua que se apoderaban de su cuerpo regaban cada poro de su piel, y de cada uno de ellos germinaba una flor cuyo aroma pertenecía a un recuerdo. Un seísmo entrecortado convulsionaba sus músculos y cada vez lo hacía a mayor velocidad. El agua salada se volvió dulce, el sol brillaba en la noche y de las rocas que aprisionaban su cuerpo brotaron algodón. Ese incoherente movimiento sísmico que manaba de sus huesos era más fuerte y más continuo, comenzaba a ser atronador. El fulgor de sus ojos se reflejaba en las aguas cristalinas estando cerrados, en ellas había lumbres de leña que le calentaban de dentro a fuera; el perfume del incienso de la vida ya casi no olía a nada. Aquel temblor dejó de ser intermitente, se colapsaron sus oídos y el terremoto que sentía cada vez más intenso y profundo, enmudeció para siempre.

-¡Levanta ya hijo, y no empieces a llorar otra vez que hoy volverás a llegar tarde al colegio!-