10 noviembre 2013

El Salto Olvidado

“¡Qué majestuosidad! ¡Cómo vuelan! Yo quiero volar con ellos… ¡Yo quiero volar!”

Los globos de aquel plástico metalizado con las formas de sus personajes de dibujos animados favoritos le tenían absorbido. No dejaba de pensar en que quería elevarse hasta su altura, y no que alguien le bajase uno de esos globos hasta la suya. Le dolía el cuello de tanto mirar hacia arriba durante tanto tiempo.

–Eso tú no puedes pagarlo. ¡Largo de aquí chaval, me espantas a la clientela! –exclamó sin escrúpulo alguno el dueño del carrito.

Se metió las manos a los bolsillos y los sacó, dejando ver que más allá de aquella ropa sucia, sólo había trozos de tela deshilachados. Pero con aquella mirada… ojos grandes, con un brillo que te bebía hasta la última gota de compasión, el dueño de los globos se ablandó y no tuvo más remedio que sucumbir ante su dorada humildad.

– ¿Tienes hambre? –preguntó con un nudo en la voz. El muchacho se encogió de hombros.

–Bueno… –suspiró el comerciante–. Voy al restaurante de enfrente a traerte algo de cena, no te muevas. Te dejo al mando de mi nave voladora –le guiñó un ojo y se perdió entre la multitud de aquella apartada plaza.

“Te dejo al mando de mi nave voladora”… Sus ojos eclipsaron a la Luna en el momento en que se sintió capitán de su sueño. ¡Ahora estaba al mando de los globos! Raudo, se subió al rectangular carro de dos ruedas, un tanto oxidado, pero lo suficientemente estable como para aguantar el liviano peso de un niño.

Se percató de una pequeña compuerta que contenía una bombona de helio. El niño ató cabos y pensó que era de ahí de donde debían nacer los globos que quería alcanzar. Accionó la diminuta palanca que abría la válvula de la pesada botella y se introdujo el manguito conductor en la boca. Al principio tosió y se lo sacó rápidamente.

– ¡Wauh! –exclamó con un timbre de voz que no era el suyo–. ¡Soy un pitufo! –gritaba entre risas.

Cuando se cansó de jugar con su cambiada voz se acordó del comerciante, el cual estaría a punto de regresar con su cena. Volvió a meterse la fina manguera muy dentro, a ras de su garganta. Aspiró muy fuerte, una y otra y otra vez…

–Aquí no pasa nada… –dedujo cabizbajo al notar nada más que el efecto del helio en sus anestesiadas cuerdas vocales.

Decepción. Ésa era la palabra que mejor se ceñía a su desengaño. Su sueño no era más que un producto de su más absoluta imaginación. Comenzó a llorar en silencio. Pero qué raro… Sabía que estaba llorando, pero no notaba sus lágrimas resbalar por su cara. Extrañado, abrió entonces los ojos y, entre una acristalada visión, se topó con tres gotitas que flotaban a la altura de su barbilla.

–¡¡Bieeeeen!! –cuatro, cinco y hasta siete lágrimas más se sumaron a las otras, pero éstas ya no eran de tristeza, sino de la más radiante felicidad.

La diferencia que existe entre dos lágrimas iguales no está en los ojos en que nacen, sino en los labios en donde mueren. Con una sonrisa que casi ocupaba todo su angelical rostro, decidió poner en marcha su jovencísimo pero ambicioso plan. Se puso en pie en aquel carrito, frunció el ceño haciendo afán de su valentía y se dispuso a dar el salto de su vida.

Situándose al borde de aquella destartalada carreta, abrió los brazos y cerró fuerte los ojos. Se lanzó sin contemplaciones.

El tiempo que pasó es incalculable. Fue la lejana voz del comerciante la que le hizo abrir tímidamente su ojo derecho, (el izquierdo seguía cerrándolo con fuerza). Allí estaba el dueño del carro, haciendo aspavientos con los brazos en alto y algo envuelto en papel de plata en la mano, seguramente su cena.

– ¿Te has vuelto loco? –le gritaba muy alterado–. ¡Baja inmediatamente!

Los descubrió al darse la vuelta sobre sí mismo igual que lo hace un girasol en busca de su vital fuente de luz. Las viejas farolas que rodeaban la plaza vertían sus destellos de ámbar sobre aquellos globos que, como si fueran el mayor tesoro que jamás había visto en su corta vida, habían adquirido una mágica tonalidad dorada.

Majestuosos… desde luego. Sus ojos, como dos enormes platos de vida, perdieron el don del parpadeo en cuanto se elevó a su altura, como si fuera un globo más. Ahora los podía contemplar como siempre había deseado.

Una gran sonrisa brotó de su boca, pero se cortó en un alarde de incontenida emoción que le hizo abrazar con tanta fuerza a uno de los globos que se rompió la cuerda y salió flotando hacia arriba, sin rumbo. El pequeño, sin saber bien lo que hacía, comenzó a mover sus brazos y piernas igual que si estuviera buceando en el agua. Nadando hacia las alturas, muy lentamente se fue sumergiendo en el cielo oscuro en busca de un tesoro que pesaba menos que el aire.

Ya no oía el bullicio de las personas que había dejado atrás. Sólo braceaba en un océano infinito de oxígeno, dióxido de carbono y vapor de agua. Empezó a discernir entonces las olas de viento que le golpeaban y se propuso aprovechar su generosa corriente, dejándose llevar entre empujones de un mar inconcebible.

El tiempo que pasó desde aquel mágico salto no se podía calcular, la noción de las horas había sucumbido ante un oleaje de viento sin espuma que hubiese hecho palidecer hasta al más experimentado pirata de alta mar. Pero aquel tesoro no era de oro, el tesoro que el niño anhelaba era más grande que cualquier doblón del más preciado metal, ya que lo que él perseguía no se podía encerrar en las bodegas de ningún barco. Lo que él perseguía era infinito, y sólo lo que es infinito puede ser buscado con el alma, para después ser albergado en el corazón.

Estaba cerca. Casi podía tocarlo.

Su mejor baza fue la de no mirar atrás en ningún momento. Sólo miraba al frente, hacia el globo, que ahora parecía brillar mucho más que antes. Por otra parte, también había en él algo extraño, y es que ya no reflejaba ese tono dorado, ahora más bien parecía una lámpara plateada que poco a poco se iba haciendo más y más grande… El niño, ya rendido a las corrientes de aire, sintió que comenzaba a tener un sueño como jamás había tenido. Cerró los ojos y decidió que a primera hora del día siguiente seguiría buscándolo sin falta.

–En cuanto oiga a los gallos cacarear, me pondré de nuevo en marcha –murmuró en su inocencia. Después, un gran bostezo sonó como el inofensivo maular de un gatito, dado el efecto que aún tenía el helio sobre su voz.

Y se dejó ir.

Hay veces que, aunque tengamos los párpados cerrados, si la luz es muy intensa podemos verla a través de la piel. Esto fue lo que despertó al pequeño. Un súbito y agradable calor recorrió su cuerpo, desde los pies hasta la cabeza. Abrió los ojos de par en par. Lo que allí vio no podía ser real…

Sus pies descalzos sentían el tenue fulgor de una luz plateada que se extendía mucho más allá de donde su vista podía alcanzar.

–Llegué –sentenció.

Un poco aturdido por el silencio que habitaba en aquel maravilloso lugar, comenzó a distinguir tras él lo que parecía ser el chasquear de una gran lumbre. Al girarse, vio a lo lejos un colosal portón. Éste precedía a un albor que crepitaba como si mil soles estuviesen ardiendo en una hoguera donde la única leña eran ramas de canela y hojas secas de eucalipto. Ese olor le era muy familiar… ya que había sentido varias veces aquel seductor aroma mientras dormía.

Al llegar al portón, sus monumentales marcos parecían estar hechos con el mismo material que el de los globos que tanto le gustaban. Se asomó, apoyando su delgado cuerpo en uno de los laterales y pensó que aquella espectacular puerta debía haber sido erigida por gigantes.

Antes de adentrarse definitivamente y dejarse llevar por aquel asombroso magnetismo que lo invitaba a pasar, echó la vista atrás. Un pequeño punto ante una titánica puerta de luz inefable. Fue la única vez que dirigió su mirada hacia el lado opuesto de su corazón. Lo hizo dirigiéndose a aquel azulado globo de helio de donde había venido: la Tierra.

Su voz, que por fin vibraba de forma normal, dejó suspendido en el aire una verdad eterna escondida entre palabras:

“Mi tesoro infinito. Un hogar de luz. No esa Luna que veis los adultos en el cielo, sino la Luna con la que soñamos los niños”.


04 septiembre 2013

La última señal

Nacer para dar un valor a la mierda y ser felices hablando de ella todo el día, deseándola, riendo con ella… La gente parece ser feliz con cosas que no importan una mierda.

No puede ser que yo me vea apocado a darle también un valor a las heces para ser feliz, dando gracias cada día por haber nacido en un vertedero. Nacemos, la sociedad nos regala una pinza para la nariz y cuando te vas haciendo mayor, decides regalarle el tiempo de tu felicidad a una hez que no es más que un pedazo de algo material y superfluo, (un coche, una consola, el fútbol, unas pesas...) ¡la que tú elijas! Qué felicidad…

En cambio, hay otras personas que son luces, que brillan con luz propia, que parecen volar por encima de este colosal vertedero, más allá de las nubes, donde no llega el mal olor. Parece que sean de otro planeta… Ellas son la esperanza, la Razón de un mundo gobernado por la sinrazón. Son un hilo plateado muy finito, la única y última conexión con lo divino, con lo que está más allá, con la verdadera VIDA. Es otro nivel. La distancia entre estos “ángeles” sin alas y las demás personas coprofágicas [coprofagia: del griego, copros (heces) y phagein (comer)] es abismal. Unas merecen la extinción total, otras la adoración imperecedera.

Y yo. Yo estoy justo en medio. En el ecuador de dos mundos en uno.

Oliendo a mierda y a la vez viendo de cerca a algunos ángeles volar… dándome envidia. Miro a un lado y sólo hay mierda; miro al otro y observo una miríada de tonalidades blancas y azules que causan en mi corazón un alud de emociones místicas.

Ahora comprendo que no hay peor infierno que estar en medio de dos mundos sin poder tocar ninguno. Pero, poco a poco, también entendí que en realidad todos pueden ser ángeles si lo desean, todos pueden volar si miran al cielo y se dejan embaucar de dentro hacia afuera por su azulada y singular atracción. Todos tienen la capacidad de ser inmortales, de alumbrar, de ser un faro de luz y guiar a otros… Pero en verdad están enamorados de la peste a mierda, y si se encuentran a gusto así. ¿Para qué cambiar? Se encuentran bien oliendo a mierda, eso es todo.

Pasan los años, los segundos se perciben infinitos… Y sigo inmóvil. Inalterable. Un ser extrañamente compuesto de plumas y heces que ya se ha secado y fosilizado. Una piedra.

Espero al tiempo, a que no tarde mucho en ver mi inutilidad, a que me arroje al mar de fuego construido para eliminar desechos inservibles como yo. El tiempo malgastado en darme vida será olvidado y recompensado. A aquellas personas que soportaron la cruz de tratarme vivo, a todas aquellas que me conocieron; el destino les brindará un porvenir glorioso.

A pesar de todo, (y ante el empeño de que hay que ver la vida de forma positiva) al menos hay algo de mí que sí os servirá: dejar de ser.


26 julio 2013

12:33

En un atisbo de esperanza, he comenzado a creer que si la vida es una gran sorpresa, la muerte podría albergar una mucho mayor.

El molino, que antes mecía sus aspas sutilmente para sacarle el alma al grano de trigo, ahora mueve sus cruces de madera a la velocidad de un huracán, sin distinguir mijo, harina o personas. Todo se lo lleva. Todo sale muerto desde el día que decidieron hacer de mi molino un matadero de seres humanos.

Desde que vinieron con aquellos barcos, con sus vestimentas raras y esa araña de madera con la que decían que debíamos “confesar nuestra herejía”, no he podido evitar preguntarme si realmente saben lo que significa ser hereje. Hipócritas.

Aunque poco a poco, me cuesta más trabajo pensar… No sé cuánto tiempo llevo aquí encerrado.

Quizá, si supiese volar, esto no habría pasado. Volar supone no tener que posarse sobre sentimientos que duelan, noticias que emborronen la existencia; evidencias que, sabiendo volar, mantendría lo suficientemente lejos como para no recordarlas. Pero por mucho que el olvido me haya arrojado al vacío, donde no hay nada más que muerte sin tiempo fijo, los ecos de luz en forma de rayo solar me alcanzan a las 12:33 de cada mañana, y, por un minúsculo agujero, por tan sólo un minuto al día, me quemo en el tiempo y me arrojo a morir entre su fulgor. ¿Cómo es posible tener los ojos cerrados si los párpados se han evaporado por el calor de los sueños?

A las 12:33 irradié el aroma de mi muerte, me dejé ir. Mi destino era el Sol (mi Dios) y éste me mostró su forma de ver y comprender la existencia.

Él me enseñó que el sudor de la noche no es más que el rocío de la mañana, un esfuerzo por salir el Sol, una carrera milenaria por abrazar a la Luna. “La sangre es de luz cuando el amor es infinito”, me dijo. Rayos rojizos de cobre y rubíes amanecen alabando la voluntad de un gesto que llena de vida todo lo que antes sólo era oscuridad.

¿Qué haces para no quemarte de odio y rencor entre la maldad que exhibimos nosotros los humanos? –le pregunté.

Utilizando su lenguaje, donde su léxico lo forman lienzos de luz y susurros de calor, Él me respondió: “Yo sí creo en ti. Creo en todos vosotros. La fe hacia el amor es la insurrección continua de mi albor y vehemencia. A la protección que os entrego, allí la llamáis de otra forma; esperanza”.

Capaz fui de escapar y vivir; pero hubiese sido incapaz de olvidarla. Hubo un mundo que, hace muchos años soñé una noche mientras dormía abrazado a ella, ya casi no lo recordaba… Había océanos en el cielo, las nubes no estaban, en su lugar se esparcían playas de arena, más clara, más oscura… Recuerdo que llovía dientes de león con olor a mar. La tierra era de azúcar tostada que tibia se dejaba sentir en mis pies descalzos. Y cuando quise encontrar el cielo, que pensé que por alguna parte debía de estar en aquel mundo de ensueño, hubo un gran terremoto con doble epicentro, tan fuerte, que concentró el azul infinito de nuestra bóveda celeste en dos grandes ojos.

Me miraba. Era ella. Su piel se teñía de luz y me sonreía aquello que el Sol me dijo: esperanza. Sus pupilas albergaban un sistema binario estelar compuesto de eternidad y amor, éste último, en un estado de pureza que jamás pensé que podría llegar a sentir.

Fue la primera y última vez que lo comprendí todo: Somos un poema sin rima, una canción sin música, un beso sin labios. Somos lo que nunca hemos vivido, somos aquello que soñamos.



12 julio 2013

Piélago de luz

Un cambio. Un camino a la nada. Una nueva forma de sentir…

Con susurros de vidas pasadas, voces presentes y bramidos del futuro.

No sólo se percibe la magia a través de los ojos, de hecho,

07 junio 2013

Conversación con un ser de luz


– Es curiosa la foto 

– :)

– Pq el cielo q se ve reflejado en el charco es más claro q el de verdad

– Y qué te lleva a pensar ése capricho de la naturaleza?

– Aish, pues no sé. Quizá q cada uno es responsable de cómo ve las cosas, q tenemos poder para hacer de una cosa no bonita una bonita.
Tú q piensas?

– Que llevas toda la razón. El agua podría considerarse como el cristalino del ojo, por el cual todos miramos y está compuesto casi por un 80% de agua. La realidad es muy dura, áspera... pero se nos ha dotado de la magia y el poder de convertirla en terciopelo, de hacer que nuestra forma de mirar las cosas lo cambie todo. Nosotros somos la parte distorsionada de una realidad insoportable. Rozando la imaginación, rozando la realidad... Nos difuminamos entre colores que en realidad no existen y texturas que sólo están en nuestra mente. Ahora bien, yo voy un paso más allá y planteo el amor... a éste, quien le da la forma es el alma... Que no es agua ni es realidad, es, simplemente, la única verdad. Lo importante. Lo que nunca muere.

– Vaya… creo que deberías escribir eso y dejar constancia de ello

– Tú eres mi musa, el filtro de un lenguaje que pasa por ti y es escrito con amor.
Gracias

06 junio 2013

Espejo irreal


La historia de un grito puede ser corta, larga, desgarrada... Pero la angustia, como Sancho a Don Quijote, es la que le proporciona la cordura. Conceder alma a un aullido, a un lobo que sin voz, aúlla a la Luna reflejada en un lago sin agua.

La quietud del alma se da ante una vida insulsa, en donde la única duda se tropieza con qué comer y cuándo dormir…

Pienso, después de haber leído que “tenemos aproximadamente los ojos cerrados la mitad de nuestra vida”, que sólo merece la pena vivir una de las dos partes. La que no hablas, ni molestas, ni sientes dolor, ni consumes, ni casi existes… sólo de párpados hacia adentro. Soñar es el dolor que cura, la realidad pintada, el principio borroso con final fluctuante.

Cuando salen las lágrimas calientes es porque ya has vivido bastante en este infierno. Las llamas te han azotado lo suficiente como para brotar ceniza de tus ojos y decides que ya está bien; ya está bien…

El miedo de vivir nos empequeñece, el miedo a sentir nos congela, el miedo… El miedo inhibe la duda, y yo hay noches que no dudo de nada.

Sólo somos una coma en una historia que no tiene principio ni fin.

07 mayo 2013

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"Quiero que sacies con tu alma mi amor"

01 mayo 2013

Ya comienza a vibrar...

Si escribir no da dinero, soñar no da dinero, imaginar no da dinero… y sin dinero no se puede vivir, ¿qué hacer? ¿Soñar con un trabajo? Quizá permanecer aquí sentado no sea una opción loable.

Los mejores soñadores pasaron hambre y murieron muy jóvenes; pero vivieron. Más despiertos. Más que vivos.

Ya sólo es cuestión de tiempo. Intuyo que está al caer.



…no me falles ahora.

16 abril 2013

Hojas en el viento



No es verdad que el horizonte sea una línea en un trozo de papel, es un momento robado. El sonido de la memoria es chapotear con arcos de violín y cuerdas de miel en una charca, y conjugar un sonido en infinitivas vibraciones verbales.

Si las bocas de los besos recibidos son estigmas, que me claven en una cruz tallada en ramas de canela y me hundan clavos de azúcar tostada en los párpados; instaurar la saliva como religión, evangelizar a través de los labios. Sin palabras ni pestañas.

Las punzadas de un silencio tan sutil como un alfiler untado en barniz se cuelan entre las olas de un atronador océano, el cual siento más soñado que real. Una nota de un piano mecida entre una gota de vaho se precipita palpitante hasta mi boca… Debe haber algo extrañamente sagrado en la sal: está en nuestras lágrimas y en el mar.

La reiteración de un corazón que bombea mentiras acaba por desangrarse. Supongamos que el corazón es la mentira y éste da vida a una verdad que fluye, ¿no sería entonces la presa artificial que restringe a un río libre? Es entre ése témpano de hormigón oscuro donde se dibuja una cicatriz de luz que dice: “Morirán de sed la sinceridad y el amor y sólo quedará un desierto al que llamarás imaginación”.

Ayer moría de sed. Hoy creo que encontraré agua. Mañana, volveré a imaginar mi libertad.

03 abril 2013

Azúcar y azufre


Sería injusto que fuese descrito como voz. Apenas fue un tono por encima de una sutil brisa de otoño. Susurros de caramelo y ámbar. Un suspiro tras otro tejían a diversas velocidades un ovillo de deseo y lujuria, todo se reducía a deshacerlo y rehacerlo de nuevo, una y otra vez… Hasta que se hilaba un gran gemido y la aguja se fundía entre dos bocas; un punto y seguido de un trenzado en donde el tiempo tenía prohibido existir.

El recuerdo de un sabor, un olor o un sonido tienen una función en el lapso que constituye una vida. Es algo que aprendí aquella noche, tenemos cinco sentidos; y tres le pertenecen.

Los surcos de unos labios inolvidables se abren paso en mi mente, rozan su puerta, ésta emite un leve chirrido y… les recibe mi imaginación. No lo entiendo. ¡Yo antes vivía ahí! Todo fue un error en el sistema nervioso, una droga, un vicio que ralla lo sobrenatural y que me posee a cada hora, a cada instante. Los sueños me han robado la vida.

Holograma de azúcar y azufre en donde sólo puedo saborear su dulzor pero no lo amargo. No percibo dónde empieza la luz y dónde acaba la oscuridad, aquí dentro todo es de colores. Cielos azules con alas que raptan a verdes bosques mientras los amarillos de las fuertes corrientes de viento chocan contra las rocas púrpuras y hacen saltar chispas granates, todo ello cubierto de unas nubes grises cargadas de lluvia naranja.

La única coincidencia, idéntica a ambos lados de la puerta, es el color de las nubes.

Hubo un día en que creí que volvía a existir. Miré dentro de mi alma y, entre un lánguido atardecer, vi un ángel postrado entre una intensa bruma. Parecía inundar de silencio un grito de luz que retumbaba en mis labios, haciéndolos vibrar de frío. Fue un beso. Uno de verdad.

Cuando quise mirar a la luz de sus ojos, ya era de noche.

Nunca antes me había dolido soñar, no tener el control de mi realidad. Recuerdo que pensé que ya no podía sentir más, que ya no podía temer más. Moría mi alma. Pero sus labios volvieron a mi boca. Creí que iba a despertar en cualquier momento, después de tanto soñar, aquello no podía ser real… Sus labios regresaron y yo estaba más despierto que ningún día de mi vida.

Cuando se gastó la cera, la llama de la vela se apagó. Cogí el folio en donde había dibujado unos luctuosos labios de colores y lo besé. Tras acariciar el lomo de mi gato, que se encontraba jugueteando con un ovillo de lana, ya casi deshecho por sus fauces, salí de aquella habitación. La esencia de los hilachos quemados y la aromática cera derretida quedó tras de mí, extinguiéndose poco a poco, como un efímero perfume evaporando una insípida realidad.


Moriré por siempre.


28 marzo 2013

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El sentimiento más profundo se revela siempre en el silencio.

Dejaré de escribir para así no aburrir ni al vacío ni a la soledad.


(Las teclas son demasiado ruidosas)

11 febrero 2013

Lobo


Cuando nada te mantiene atado, vuelas si no hay gravedad. Cuando nada te mantiene vivo, mueres si no hay felicidad. El sentir en soledad, el imaginar castillos anegados de párpados que encierran el ámbar de los espejismos…

Si fuera para siempre…

La oscuridad acecha al lobo, filósofo patrañero, embustero y rata preconcebida para ser olvidada. Un lobo que aúlla ser diferente ante la Luna pero que el resto del día es humano. Licantropía como enfermedad, no como don.

Añorar ser soñado por un desconocido para perderme más entre un abismo de incertidumbre, abnegación entre sonrisas vacías. No recuerdo la última vez que fingí ser yo mismo. Se siente crecer la desesperanza de un mundo interno que comienza a palidecer, morado ya por falta de oxígeno, siento que se marchita de realidad mientras se hidrata de sed un recuerdo que de agua se ahoga.

Si fuera para siempre…

15 enero 2013

La vela se consume


Cuando la vela está a punto de apagarse por falta de la cera, sabe que va a morir, pero también sabe que es su propia vida en forma de fuego la que la mata.

El vínculo entre el fuego y la cera es el mismo que tienes tú con tu vida. Si no te arriesgas en tu día a día y decides arder muy poquito, no darás la suficiente luz ni el suficiente calor a nadie, tendrás el mismo valor que una piedra y, a más inri, arderás lo suficiente como para morir igualmente… ya que la cera de la vida no cesa de derretirse. Es tu vida, tu cirio, tu llama y tu cera, haz lo que quieras con todo ello, pero, nunca olvides que la cera se sigue deshaciendo.

Mi caso es algo especial… ya que vivo sin la cuerda que mantiene la llama y… bueno, entre intentos vanos de encender mi luz me consumo y agonizo, sin saber qué es arder, iluminar o proporcionar calor.

Lo que más gracia me hace es que nací con el holgado hilacho untado en cera en mi interior, pero me lo arrancaron. Creo que fue otra vela, su avaricia y su luz, amén de sus habilidades aromáticas que hipnotizan a cualquiera, me despojó de mi núcleo vital y se lo quedó ella. Para alumbrar más supongo... o bien para dar más calor a otros como yo y mal-utilizar su don para así hacerse con más cuerdas de luz.

Esto me hace reflexionar… Y es que, creo que aún no se ha dado cuenta de que cuantos más filamentos posea, más grande será su núcleo de luz, más arderá y, por lo tanto, antes se derretirá. (Para cuando ella haya sucumbido a la oscuridad, yo aún seré un chiquillo, eso me alegra o me da pena… Creo que ambas cosas).

Y aquí sigo, entre fogonazos ajenos, muriendo lentamente entre cera negra y hollín; quemaduras convertidas en cicatrices que me enseñan que, a pesar de no brillar ni dar calor propio, hay quien se empeña cada día en proporcionármelo. Es curioso que, a pesar de todo, ellos y ellas sigan confiando y teniendo fe en mí.

Gracias por ser el núcleo invisible de mi vida. Pese a estar vacío en mi interior, sé que mi luz está por todos lados: allá donde os encontréis.