10 noviembre 2013

El Salto Olvidado

“¡Qué majestuosidad! ¡Cómo vuelan! Yo quiero volar con ellos… ¡Yo quiero volar!”

Los globos de aquel plástico metalizado con las formas de sus personajes de dibujos animados favoritos le tenían absorbido. No dejaba de pensar en que quería elevarse hasta su altura, y no que alguien le bajase uno de esos globos hasta la suya. Le dolía el cuello de tanto mirar hacia arriba durante tanto tiempo.

–Eso tú no puedes pagarlo. ¡Largo de aquí chaval, me espantas a la clientela! –exclamó sin escrúpulo alguno el dueño del carrito.

Se metió las manos a los bolsillos y los sacó, dejando ver que más allá de aquella ropa sucia, sólo había trozos de tela deshilachados. Pero con aquella mirada… ojos grandes, con un brillo que te bebía hasta la última gota de compasión, el dueño de los globos se ablandó y no tuvo más remedio que sucumbir ante su dorada humildad.

– ¿Tienes hambre? –preguntó con un nudo en la voz. El muchacho se encogió de hombros.

–Bueno… –suspiró el comerciante–. Voy al restaurante de enfrente a traerte algo de cena, no te muevas. Te dejo al mando de mi nave voladora –le guiñó un ojo y se perdió entre la multitud de aquella apartada plaza.

“Te dejo al mando de mi nave voladora”… Sus ojos eclipsaron a la Luna en el momento en que se sintió capitán de su sueño. ¡Ahora estaba al mando de los globos! Raudo, se subió al rectangular carro de dos ruedas, un tanto oxidado, pero lo suficientemente estable como para aguantar el liviano peso de un niño.

Se percató de una pequeña compuerta que contenía una bombona de helio. El niño ató cabos y pensó que era de ahí de donde debían nacer los globos que quería alcanzar. Accionó la diminuta palanca que abría la válvula de la pesada botella y se introdujo el manguito conductor en la boca. Al principio tosió y se lo sacó rápidamente.

– ¡Wauh! –exclamó con un timbre de voz que no era el suyo–. ¡Soy un pitufo! –gritaba entre risas.

Cuando se cansó de jugar con su cambiada voz se acordó del comerciante, el cual estaría a punto de regresar con su cena. Volvió a meterse la fina manguera muy dentro, a ras de su garganta. Aspiró muy fuerte, una y otra y otra vez…

–Aquí no pasa nada… –dedujo cabizbajo al notar nada más que el efecto del helio en sus anestesiadas cuerdas vocales.

Decepción. Ésa era la palabra que mejor se ceñía a su desengaño. Su sueño no era más que un producto de su más absoluta imaginación. Comenzó a llorar en silencio. Pero qué raro… Sabía que estaba llorando, pero no notaba sus lágrimas resbalar por su cara. Extrañado, abrió entonces los ojos y, entre una acristalada visión, se topó con tres gotitas que flotaban a la altura de su barbilla.

–¡¡Bieeeeen!! –cuatro, cinco y hasta siete lágrimas más se sumaron a las otras, pero éstas ya no eran de tristeza, sino de la más radiante felicidad.

La diferencia que existe entre dos lágrimas iguales no está en los ojos en que nacen, sino en los labios en donde mueren. Con una sonrisa que casi ocupaba todo su angelical rostro, decidió poner en marcha su jovencísimo pero ambicioso plan. Se puso en pie en aquel carrito, frunció el ceño haciendo afán de su valentía y se dispuso a dar el salto de su vida.

Situándose al borde de aquella destartalada carreta, abrió los brazos y cerró fuerte los ojos. Se lanzó sin contemplaciones.

El tiempo que pasó es incalculable. Fue la lejana voz del comerciante la que le hizo abrir tímidamente su ojo derecho, (el izquierdo seguía cerrándolo con fuerza). Allí estaba el dueño del carro, haciendo aspavientos con los brazos en alto y algo envuelto en papel de plata en la mano, seguramente su cena.

– ¿Te has vuelto loco? –le gritaba muy alterado–. ¡Baja inmediatamente!

Los descubrió al darse la vuelta sobre sí mismo igual que lo hace un girasol en busca de su vital fuente de luz. Las viejas farolas que rodeaban la plaza vertían sus destellos de ámbar sobre aquellos globos que, como si fueran el mayor tesoro que jamás había visto en su corta vida, habían adquirido una mágica tonalidad dorada.

Majestuosos… desde luego. Sus ojos, como dos enormes platos de vida, perdieron el don del parpadeo en cuanto se elevó a su altura, como si fuera un globo más. Ahora los podía contemplar como siempre había deseado.

Una gran sonrisa brotó de su boca, pero se cortó en un alarde de incontenida emoción que le hizo abrazar con tanta fuerza a uno de los globos que se rompió la cuerda y salió flotando hacia arriba, sin rumbo. El pequeño, sin saber bien lo que hacía, comenzó a mover sus brazos y piernas igual que si estuviera buceando en el agua. Nadando hacia las alturas, muy lentamente se fue sumergiendo en el cielo oscuro en busca de un tesoro que pesaba menos que el aire.

Ya no oía el bullicio de las personas que había dejado atrás. Sólo braceaba en un océano infinito de oxígeno, dióxido de carbono y vapor de agua. Empezó a discernir entonces las olas de viento que le golpeaban y se propuso aprovechar su generosa corriente, dejándose llevar entre empujones de un mar inconcebible.

El tiempo que pasó desde aquel mágico salto no se podía calcular, la noción de las horas había sucumbido ante un oleaje de viento sin espuma que hubiese hecho palidecer hasta al más experimentado pirata de alta mar. Pero aquel tesoro no era de oro, el tesoro que el niño anhelaba era más grande que cualquier doblón del más preciado metal, ya que lo que él perseguía no se podía encerrar en las bodegas de ningún barco. Lo que él perseguía era infinito, y sólo lo que es infinito puede ser buscado con el alma, para después ser albergado en el corazón.

Estaba cerca. Casi podía tocarlo.

Su mejor baza fue la de no mirar atrás en ningún momento. Sólo miraba al frente, hacia el globo, que ahora parecía brillar mucho más que antes. Por otra parte, también había en él algo extraño, y es que ya no reflejaba ese tono dorado, ahora más bien parecía una lámpara plateada que poco a poco se iba haciendo más y más grande… El niño, ya rendido a las corrientes de aire, sintió que comenzaba a tener un sueño como jamás había tenido. Cerró los ojos y decidió que a primera hora del día siguiente seguiría buscándolo sin falta.

–En cuanto oiga a los gallos cacarear, me pondré de nuevo en marcha –murmuró en su inocencia. Después, un gran bostezo sonó como el inofensivo maular de un gatito, dado el efecto que aún tenía el helio sobre su voz.

Y se dejó ir.

Hay veces que, aunque tengamos los párpados cerrados, si la luz es muy intensa podemos verla a través de la piel. Esto fue lo que despertó al pequeño. Un súbito y agradable calor recorrió su cuerpo, desde los pies hasta la cabeza. Abrió los ojos de par en par. Lo que allí vio no podía ser real…

Sus pies descalzos sentían el tenue fulgor de una luz plateada que se extendía mucho más allá de donde su vista podía alcanzar.

–Llegué –sentenció.

Un poco aturdido por el silencio que habitaba en aquel maravilloso lugar, comenzó a distinguir tras él lo que parecía ser el chasquear de una gran lumbre. Al girarse, vio a lo lejos un colosal portón. Éste precedía a un albor que crepitaba como si mil soles estuviesen ardiendo en una hoguera donde la única leña eran ramas de canela y hojas secas de eucalipto. Ese olor le era muy familiar… ya que había sentido varias veces aquel seductor aroma mientras dormía.

Al llegar al portón, sus monumentales marcos parecían estar hechos con el mismo material que el de los globos que tanto le gustaban. Se asomó, apoyando su delgado cuerpo en uno de los laterales y pensó que aquella espectacular puerta debía haber sido erigida por gigantes.

Antes de adentrarse definitivamente y dejarse llevar por aquel asombroso magnetismo que lo invitaba a pasar, echó la vista atrás. Un pequeño punto ante una titánica puerta de luz inefable. Fue la única vez que dirigió su mirada hacia el lado opuesto de su corazón. Lo hizo dirigiéndose a aquel azulado globo de helio de donde había venido: la Tierra.

Su voz, que por fin vibraba de forma normal, dejó suspendido en el aire una verdad eterna escondida entre palabras:

“Mi tesoro infinito. Un hogar de luz. No esa Luna que veis los adultos en el cielo, sino la Luna con la que soñamos los niños”.